Revista Ciencias Sociales #192 2026 (II) • ISSN ELECTRÓNICO: 2215-2601


Más allá del fantasma: el proyecto socialista bajo la escéptica mirada de Weber

Beyond the Ghost: The Socialist Project Under Weber’s Skeptical Gaze

Celia Duek*
Graciela Inda**

Tipo de documento: ensayo académico
Fecha de ingreso: 25/2/2026 • Fecha de aceptación: 12/06/2026

Resumen

Numerosos e importantes autores sostienen que la obra de Max Weber se explica, fundamentalmente, como un constante diálogo polémico con el marxismo. Esta relación crítica abarca tanto la dimensión teórica del materialismo histórico como el socialismo en su calidad de ideario político. El presente trabajo de investigación documental se centra en esta segunda vertiente para rastrear y analizar las expectativas de Weber ante una sociedad con gobierno y economía socialistas. El propósito es examinar la postura crítica del autor frente a las ideas socialistas en general y a la socialdemocracia alemana en particular, mediante el análisis de sus Escritos políticos y su obra teórica cumbre, Economía y sociedad. Frente a las lecturas que minimizan sus valoraciones políticas, aquí se argumenta que Weber poseía un profundo interés por la política y que su postura liberal burguesa permea su comprensión de la sociedad capitalista. La divergencia en la posición política entre Marx y Weber constituye, desde nuestra perspectiva, el factor decisivo para comprender sus discrepancias teóricas, ya sean filosóficas, sociológicas, económicas o históricas. Entre las conclusiones, se destaca que un análisis riguroso de las dimensiones que estructuran la lectura weberiana de Marx y Engels revela que Weber no pretendía una asimilación o integración teórica, sino articular una contraofensiva teórica cualitativamente distinta.

Palabras clave: socialismo, capitalismo, burocracia, marxismo, racionalización

Abstract

Several important authors argue that Max Weber’s work can be understood, fundamentally, as an ongoing polemical dialogue with Marxism. This critical relationship encompasses both the theoretical dimension of historical materialism and socialism as a political ideology. This documentary research focuses on this second aspect to trace and analyze Weber’s expectations regarding a society with a socialist government and economy. The aim is to examine the author’s critical stance toward socialist ideas in general and German social democracy in particular, through the analysis of his Political Writings and his magnum opus, Economy and Society. Contrary to interpretations that minimize his political assessments, this paper argues that Weber had a deep interest in politics and that his liberal-bourgeois position permeates his understanding of capitalist society. The divergence in political stance between Marx and Weber constitutes, from our perspective, the decisive factor in understanding their theoretical discrepancies—whether philosophical, sociological, economic, or historical. Among the conclusions, it is noted that a rigorous analysis of the dimensions structuring the Weberian reading of Marx and Engels reveals that Weber did not intend a theoretical assimilation or integration, but rather to articulate a qualitatively different theoretical counter-offensive.

Keywords: socialism, capitalism, bureaucracy, marxism, rationalization

* Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina.

https://orcid.org/0000-0002-7560-5632

celiaduek@gmail.com

** Comisión Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina.

https://orcid.org/0000-0003-2139-7310

gracielainda@hotmail.com

1. INTRODUCCIÓN

La preocupación por el socialismo constituye un denominador común de las teorías de los “clásicos” de la sociología, Marx, Weber y Durkheim, aunque evidentemente lo abordan desde distintas posiciones políticas y teóricas. El pensamiento de Marx y Engels, elaborado en íntima relación con las prácticas y las luchas del movimiento obrero europeo, representó un hito decisivo en el desarrollo de la tradición socialista1. La sociología clásica, de Durkheim y Weber, surgió en cambio como un intento de “oponer una nueva ciencia de la sociedad al fantasma del socialismo” (Portantiero, 2004, p. 36).

Después del fallecimiento de Marx en 1883, el marxismo pasó a ser en Alemania una fuerza muy gravitante, tanto en el campo de las ciencias sociales como en el político. El interés por el pensamiento marxista constituyó un rasgo común de la “sociología” académica (alemana, pero también francesa) de fines del siglo XIX.

Max Weber (1864-1920) encabeza la tradición alemana de la respuesta académica al materialismo histórico. Como lo han señalado muchos, y se ha estudiado en profundidad en otros trabajos (Duek, 2007, 2008, 2009, 2017; Inda, 2009), Weber desarrolló gran parte de su obra en diálogo con Marx. Si bien, la presencia de Marx en los escritos de Weber es señalada por una vasta nómina de cientistas sociales —que incluye a figuras de la talla de Talcott Parsons, Albert Salomon, Georg Lukács, Wright Mills, Hans Gerth, Raymond Aron, Reinhard Bendix, Wolfgang Mommsen, Julien Freund, Irving Zeitlin, Tom Bottomore, Michael Löwy, Pierre Bourdieu, Juan Carlos Portantiero, Julio Pinto, entre otros—, el círculo de especialistas dedicados estrictamente a desentrañar el vínculo entre ambos autores es más selecto. En este último grupo destacan los estudios de Karl Löwith, Stanislaw Kozyr-Kowalski, Anthony Giddens y Derek Sayer.

Aunque resulta imposible profundizar aquí en el modo en que cada uno de estos autores ha caracterizado este vínculo intelectual, sí es pertinente señalar que las posiciones oscilan entre los que creen que los postulados de Weber deben leerse fundamentalmente en clave de disputa, ataque, crítica o refutación respecto de los principios de Marx, y los que entienden la relación en términos de continuidad, complementación, revisión, apropiación o superación.

En el ámbito latinoamericano destacan las diversas reflexiones de Hinkelammert porque permiten, en línea con la demarcación propuesta por Portantiero, abordar los esfuerzos teóricos de Weber como intentos de neutralizar el potencial emancipatorio del marxismo. Esta ofensiva teórica, según nuestro rastreo de la obra del pensador latinoamericano, se despliega en varias dimensiones.

En el campo metodológico, Weber restringe el análisis científico a la racionalidad formal o instrumental, descalificando el pensamiento de Marx en tanto fundado en una racionalidad material, orientada por la satisfacción de necesidades y la justicia social. Su ambición por establecer una metodología libre de valores funciona en verdad, según Hinkelammert (1979), como un escudo que impide que la ciencia social aborde la dignidad humana o la vida, tratándolas como meros juicios de valor subjetivos e irracionales. De este modo, Weber inaugura en sus artículos de filosofía de la ciencia una forma de crítica de la teoría marxista basada en argumentos metodológicos, que alcanzará su apogeo décadas más tarde con Popper (Hinkelammert, 1997).

Frente al programa político socialista que persigue la abolición de las clases y del mercado, Weber sostiene que cualquier tentativa en ese sentido resulta no solo utópica, sino también generadora de un caos social inevitable. Hinkelammert subraya aquí una contradicción crítica: utiliza un juicio de hecho (la supuesta imposibilidad técnica del socialismo) para invalidar una opción ética, violando así su propio principio de neutralidad axiológica para sacralizar el capitalismo como el non plus ultra de la historia (2021, pp. 51- 52).

Por último, este estudioso resalta que Weber invierte de manera maniquea la ética de la responsabilidad subyacente al socialismo marxista, orientada al bien común y la igualdad social, al postular que la exigencia de justicia sustancial de las masas constituye una ética de la convicción, por definición irresponsable y milenarista. “Por tanto, es Max Weber quien primero declara el bien común como un asunto de utopistas” (Hinkelammert, 1997, p. 83). El criterio decisivo de la acción política —señala— es la disposición de aplicar la fuerza para detener el mal que amenaza el orden vigente, independientemente de sus consecuencias sobre los seres humanos (Hinkelammert, 1993, p. 25). En suma, mientras Marx propone una ética basada en el ser humano como “ser supremo”, Weber capitula ante los “dioses terrestres” (el mercado y el dinero), afirmando que la razón no puede discernir entre ellos y que la responsabilidad consiste en someterse a la lógica institucional del poder (Hinkelammert, 2020).

Como advierte Giddens en distintos lugares (1997, 1994), Weber no escribió simplemente como un crítico intelectual de Marx, también lo hizo en respuesta a los escritos y los compromisos políticos de los autores y dirigentes políticos marxistas prominentes de su tiempo. En estas coordenadas político-ideológicas hay que situar sus consideraciones sobre el socialismo. Tal como lo ha sugerido Zeitlin, uno de los fines, o al menos de los efectos de las reflexiones de Weber, fue el de “poner en tela de juicio la presunta superioridad humana y moral del socialismo en comparación con el capitalismo” (2001, p. 127). Como nos recuerda Camacho (1994), “[…] según muchos de sus críticos, Weber no es neutral, sino un defensor vergonzante del capitalismo” (p. 171).

En términos generales y para encuadrar el examen posterior, se puede decir que la posición que adopta Weber en la Alemania imperial de fines del siglo XIX y principios del XX es una posición liberal burguesa y nacionalista. Critica tanto a los terratenientes conservadores y la burocracia identificada con sus intereses agrarios como a la clase obrera y, particularmente, a su dirigencia socialdemócrata. Al mismo tiempo, se lamenta de la inexistencia de una burguesía con protagonismo político y capacidad de conducción.

La metodología empleada en este trabajo se fundamenta en el análisis crítico y sistemático de fuentes bibliográficas primarias y secundarias. Se propone rastrear y analizar la actitud crítica que Weber manifiesta respecto de las ideas socialistas en general y de la socialdemocracia alemana en particular, tanto en algunos de sus Escritos políticos como en su gran obra teórica, Economía y Sociedad. Para ello, es imperioso tomar distancia de las perspectivas hegemónicas que delinean un Weber apolítico, una figura académica despolitizada (Allen, 2023).

2. La conferencia sobre El socialismo: imposibilidad de una transformación radical de la sociedad

Uno de los más difundidos escritos políticos del sociólogo demoliberal germano, y sin duda el más significativo para nuestros fines, es El socialismo (Weber, 2003a).

En 1918, Weber se encontraba en Viena y fue invitado por la oficina de defensa contra la propaganda enemiga del ejército de Austria-Hungría, que ofrecía cursos de formación patriótica, a dar una conferencia sobre El socialismo, la cual dictó ante 300 oficiales el 13 de junio de 1918. En esta disertación Weber pone en tela de juicio, uno a uno, muchos de los supuestos del socialismo marxista.

Como en otros trabajos, este teórico de la burocracia alude en este a la “ineludible burocratización universal”, que se desenvuelve no solo en el orden económico, tal como lo han señalado los socialistas, con la decisiva “separación del obrero de los medios de producción”, sino también en el ámbito de la universidad (donde los profesores tienen igual situación que los obreros en las fábricas: son asalariados que pueden ser despedidos y están separados de los medios técnicos con que trabajan), en el ejército (donde el soldado y el oficial ya no son dueños de los medios bélicos con los que hacen la guerra) y en el ámbito político (donde el funcionario ya no posee los medios de administración). En todas estas esferas —arguye— los medios quedan concentrados merced a un aparato humano burocráticamente organizado en las manos de quien lo maneja.

Desde nuestra óptica, lo que está en el centro de su pensamiento es la idea de que la estructura burocrática, con su cuerpo de funcionarios a sueldo y su especialización profesional cada vez más intensa, es inevitable en el Estado moderno, independientemente de su carácter capitalista o socialista. Y lo mismo sucede con la economía.

Sin la burocracia —afirma— es imposible dirigir la economía moderna, dada la mayor eficacia de este tipo de acción conjunta. Ya sea que las empresas sean explotadas por empresarios privados o por el Estado, el trabajador no será dueño de los instrumentos con que produce ni, consiguientemente, del producto. En palabras de Weber:

Este estado fundamental de las cosas no cambia lo más mínimo cuando se sustituye a la persona que rige dicho aparato; cuando, por ejemplo, manda en él un presidente estatal o un ministro, en lugar de un fabricante privado. La ‘separación’ de los medios de producción persiste en cualquier caso. Mientras existan minas, altos hornos, ferrocarriles, fábricas y máquinas, nunca serán propiedad de uno solo o de varios obreros en idéntico sentido a como los medios de producción de un ramo artesanal eran en la Edad Media propiedad de un maestro gremial, de una cooperativa artesana local o de todo un gremio. Esto es algo que queda excluido por la naturaleza misma de la técnica moderna (Weber, 2003a, p. 230).

Desde la perspectiva que aquí se sostiene, si Weber acepta esta idea fundamental de Marx, la que trata sobre la separación total o divorcio del trabajador respecto de los medios de producción como fundamento de la explotación capitalista, si la “retoma” aquí y en reiteradas oportunidades, no es sino para negar otro postulado del pensamiento marxista: el de la posibilidad de transformar el capital en propiedad colectiva, perteneciente a todos los miembros de la sociedad, y así abolir la “dominación de unos hombres sobre otros”.

Para el materialismo histórico, las relaciones de explotación y dominación no han existido siempre, no son algo eterno, sino que aparecen cuando un grupo de seres humanos logra concentrar en sus manos los medios de producción, despojando a la mayoría, y desaparecen cuando se elimina la propiedad privada de esos medios.

El profesor alemán, en cambio, rechaza estas posibilidades para el futuro con consideraciones técnicas. Contra las ideas de socialistas y comunistas, cree que una organización socialista no suprimiría las desigualdades entre individuos y clases puesto que seguiría inevitablemente el camino de la burocratización, con sus necesarias funciones de dirección, y su disciplina, indispensable en cualquier sociedad industrial.

Para Weber, es un grave error considerar esa disociación del obrero de los medios como algo “exclusivo” de la economía privada, es decir, capitalista. Para el trabajador, la situación es la misma sea que esté subordinado a un burócrata o a un empresario. Por eso él presagia el advenimiento de la “dictadura del funcionariado”, más que de una “dictadura del proletariado”, como sugiere el marxismo.

Las consecuencias de la forma de producción vigente, caracterizada por el reemplazo de la figura del empresario individual por la sociedad anónima, así como por el crecimiento del número de empresas en manos del Estado, y, en consecuencia, por una mayor “socialización de la economía”, son:

[...] por un lado, un crecimiento del cuerpo administrativo, de los empleados comercial y técnicamente especializados; por otro, un aumento de los rentistas, esto es, del conjunto de quienes sólo perciben dividendos e intereses y que, a diferencia del empresario, no necesitan realizar para ello ningún esfuerzo intelectual, pero que por su afán de lucro se mantienen afectos al orden social capitalista. Más que en cualquier otra parte y de manera más absoluta, sin embargo, en las empresas públicas y en las corporaciones manda el funcionario, no el trabajador, a quien evidentemente le resulta más difícil aquí obtener algo con una huelga que frente a empresarios privados. La dictadura del funcionariado, no la del obrero, es la que —por lo menos de momento— se encuentra en pleno avance (Weber, 2003a, p. 241).

Para este teorizador burgués, como lo denomina David Beetham (1979), no es posible eliminar la “dominación del hombre por el hombre”, ni siquiera disminuirla, con la implantación de la democracia o del socialismo. Aquí se encuentra una de las más potentes barreras que lo separan del entusiasmo socialista.

Frente al afán de lucro de empresarios particulares, el socialismo representa para Weber una “economía colectiva”, planificada. Esto en sentido amplio, aunque él distingue dos formas de socialismo. En primer lugar, el socialismo estatal, cimentado sobre el principio de la “estatalización” (cooperación de empresarios con funcionarios estatales, donde el Estado dirige la producción), y, en segundo lugar, aquella que postula el autogobierno de los trabajadores y que tiene como documento básico El Manifiesto comunista. A esta segunda forma se ligan los partidos socialistas de masas o partidos socialdemócratas.

Aunque la cita es extensa, vale la pena reproducirla íntegramente por el peso argumentativo de las palabras con que el conferencista valora el texto de Marx y Engels de 1848, redactado por encargo de la Liga de los Comunistas.

Por su índole, y a pesar de que no estamos de acuerdo con varias de sus tesis fundamentales (por lo menos, yo no lo estoy), este documento representa un logro científico de primera magnitud. Eso hay que reconocerlo, eso es algo que uno no puede negar, porque nadie lo creería y porque nadie podría negarlo a conciencia. En sus mismas tesis que hoy rechazamos se revela como un error de gran altura intelectual, que políticamente ha tenido enormes y quizá no siempre gratas consecuencias, pero que ha reportado muy fructíferas repercusiones en el ámbito científico —más fructíferas que las que ha tenido no pocas veces una verdad sin ingenio—. Una cosa hay que decir desde un principio del Manifiesto comunista: se abstiene de moralizar, cuanto menos en su intención, ya que no siempre en su ejecución. [...] El Manifiesto comunista es un documento profético; profetiza el ocaso de la economía privada, de lo que suele llamar la organización capitalista de la sociedad, y vaticina la sustitución de esta sociedad, por lo pronto —como fase de transición—, por una dictadura del proletariado. Pero tras este estado provisional se halla luego la verdadera esperanza final: el proletariado no puede liberarse a sí mismo de la esclavitud sin poner fin a todo dominio del hombre sobre el hombre. Esta es la auténtica profecía, la tesis capital de este manifiesto, que de no ser por ella no se habría escrito nunca, ni tampoco habría alcanzado jamás su enorme repercusión histórica (Weber, 2003a, p. 230).

“Logro científico”, “error de gran altura intelectual”, “documento profético”: a primera vista, la opinión de Weber sobre este trabajo de inigualable importancia histórica es ambigua. Pero al profundizar en la lectura se constata que, en lo que sigue, Weber se va a dedicar sistemáticamente a refutar su tesis capital, a contrastarla con lo que ha sucedido de hecho en los 70 años transcurridos desde su redacción.

Las palabras “logro científico de primera magnitud” no deben ser leídas en su sentido literal, pues todo lo que viene después es una impugnación de las que él considera las tesis fundamentales del Manifiesto, y que admite no compartir. En la misma exposición, más adelante, asocia al documento no ya con la ciencia sino con la religión, cuyo discurso manifiesta por definición, para Weber, una “diferencia insalvable” con el tipo de argumentación científica. Precisamente por esta razón, Parsons (1971) puede recordar que, para Weber, una expresión como “socialismo científico” es tan inaceptable como lo sería la expresión “ciencia cristiana”, si se entiende “ciencia” en un sentido empírico.

Los portavoces del revisionismo posterior al marxismo ortodoxo —anota Weber— eran en parte conscientes de lo grave que era quitarles a las masas:

[...] la fe en la repentina irrupción de un futuro feliz, tal como les había sido presagiado por un evangelio que, igual que a los primeros cristianos, les decía: todavía esta noche puede llegar la salvación. Destronar a un credo, y eso eran el Manifiesto comunista y la posterior teoría de la catástrofe, es algo factible; pero luego ya resulta bastante más difícil sustituirlo por otro (Weber, 2003a, p. 244).

De esa manera, Weber identifica indubitablemente al Manifiesto con una doctrina religiosa de la salvación. Según nuestra interpretación, el uso de ciertas expresiones ambiguas para referirse a esta obra de Marx y Engels, como “error de gran altura intelectual”, o como la que se halla en “La “objetividad” cognoscitiva de la ciencia social y la política social”, donde se refiere al sentido “genialmente primitivo” de la llamada concepción materialista de la historia en El manifiesto, no debe interpretarse como la existencia de una posición realmente ambigua de Weber respecto del escrito marxista clásico.

A propósito de la relación de Weber con la tradición marxista clásica, se sostiene que, tanto en el texto de 1904 sobre la “objetividad” como en la conferencia de 1918 sobre el socialismo, Weber es categórico en su rechazo a las ideas principales de la concepción materialista de la historia. En consecuencia, y como se ha examinado con mayor profundidad en un estudio previo (Duek, 2017), se disiente con quienes toman fuera de contexto ciertas fórmulas, como “logro científico de primera magnitud”, “principio heurístico fructífero”, “gran admiración a las brillantes construcciones de Carlos Marx”, para resaltar la simpatía de Weber por las ideas de Marx.

El Manifiesto postula que por ley natural la sociedad actual está condenada a desaparecer y a ser reemplazada primero por la dictadura del proletariado y luego por una “asociación de individuos” sin dominio de unos sobre otros. ¿Qué razones se invocan a favor de este “hundimiento inevitable”?, se pregunta Weber. Los argumentos de Marx y Engels son varios, pero todos con el tiempo han ido perdiendo credibilidad —entiende—. Por ejemplo, la teoría de una depauperización —dice—, de la caída del trabajador en la miseria y de la aparición de una clase de paupers, de un “ejército industrial de reserva”, a los que la sociedad no puede siquiera asegurarles la pura supervivencia, y que conducirá por tanto al desmoronamiento de la sociedad mediante una revolución, es considerada hoy incorrecta por todos los grupos de la socialdemocracia. Tampoco posee para él validez general la tesis de que, en tanto crece la masa de proletarios, el número de empresarios es cada vez más pequeño, al punto que llegará el momento en que serán tan pocos que no podrán mantener su poder. En lugar de esto, lo que se comprueba según Weber es que en la industria la eliminación de los débiles de capital ocurre en forma de una sujeción a trusts o cárteles, y, además, en lugar de una homogeneización y cohesión de la clase obrera, se produce un rápido aumento de los “empleados” de la burocracia privada (mayor que el de los obreros), “cuyos intereses no puede decirse que se inclinen hacia una dictadura proletaria” (Weber, 2003a, p. 239). En realidad, con la aparición de trabajadores de calificación profesional, capataces y jefes de taller, el desarrollo de toda la clase en su conjunto “está lejos de ser claramente proletario” (Weber, 2003a, p. 242).

Otra de las razones de la debacle —continúa— serían las crisis periódicas. El socialismo clásico ponía sus esperanzas en estas crisis, que aumentarían en intensidad y fuerza destructiva, generando una predisposición revolucionaria. Hoy —afirma Weber— se han abandonado estas esperanzas, pues sus condiciones se han modificado decisivamente. En consecuencia, las “muy patéticas esperanzas” puestas por el Manifiesto en el desmoronamiento de la sociedad burguesa han sido sustituidas por otras bastante más sobrias. Ha surgido el llamado “revisionismo”. De la expectativa revolucionaria de una catástrofe se ha pasado, en los sindicatos y entre los intelectuales socialistas, a una postura evolucionista, a la idea de un tránsito progresivo hacia una economía regulada por funcionarios del Estado.

Al señalar esto, Weber tiene en mente las ideas de Eduard Bernstein y la “controversia revisionista” que se produjo dentro de los partidos socialistas después de la publicación de su libro Las premisas del socialismo y las tareas de la socialdemocracia (1982). En esta obra de 1899, en realidad, están ya desarrolladas varias de las objeciones que hace Weber a la concepción marxista, las cuales se acaban de exponer. Para Bernstein:

[...] algunas porciones de la teoría marxista debían ser revisadas porque las tendencias evolutivas de las sociedades capitalistas de Occidente se estaban apartando de lo predicho por Marx: en especial, la estructura de la sociedad capitalista, en lugar de simplificarse transformándose en una relación entre dos clases fundamentales, se estaba volviendo más compleja: las clases medias no desaparecían, no se asistía a una polarización de las clases, la miseria no aumentaba, sino que disminuía, y las crisis económicas eran menos graves que antes, y no más (como se citó en Bottomore, 1988, p. 154).

En El capitalismo moderno, Werner Sombart (1927), economista amigo de Weber y cofundador de la Sociedad Alemana de Sociología, quiso también exhibir la incorrección de las “profecías” de Marx sobre la miseria creciente de los trabajadores, la concentración y el colapso del capitalismo, pronosticando en cambio la subsistencia de este último y su transformación en un capitalismo más tranquilo, sosegado y razonable.

Si se eliminara la economía privada actual, ¿quién se haría cargo de la dirección de la producción? ¿quién tomaría el mando de esta economía? Es este un problema que el credo socialista no resuelve, según Weber. A su entender, no pueden hacerse cargo los propios obreros, que carecen de la formación profesional técnica requerida y no tienen los conocimientos necesarios (cálculo de costos, mercadotecnia, conocimiento de la demanda). Se necesita de ideólogos, de intelectuales, no de obreros.

A decir verdad, los clásicos del marxismo sí se plantearon la necesidad de asimilar y sumar al personal técnico necesario para poner en funcionamiento los medios de producción en una nueva organización de la economía. Prueba de ellos son las siguientes líneas que Engels le escribe a Bebel en carta de octubre de 1891:

Para tomar posesión y poner en movimiento a los medios de producción, necesitamos gentes con instrucción técnica, y en masa. No la hemos logrado, y hasta ahora incluso hemos estado bastante contentos de habérsenos ahorrado la gente ‘culta’. Ahora las cosas son diferentes. Ahora somos lo suficientemente fuertes como para soportar y asimilar cualquier cantidad de cultos Quarcks, y preveo que en los próximos ocho o diez años reclutaremos bastantes jóvenes técnicos, médicos, abogados y maestros para que podamos administrar las fábricas y las grandes fincas en nombre de la nación y por medio de camaradas del Partido. Entonces, por lo tanto, nuestro acceso al poder será muy natural y se llevará a cabo con rapidez relativamente. En cambio, si una guerra nos llevase prematuramente al poder, los técnicos serían nuestros principales enemigos; nos engañarán y traicionarán en lo que puedan, y tendremos que emplear el terror contra ellos, pero con todo nos jugarán sucio (Engels, p. 320).

Pero volvamos a Weber. Allí donde se han llevado a la práctica las ideas socialistas, el acontecer de las cosas —juzga— no permite ser demasiado optimista respecto de esta forma de dirección del Estado y de la economía. La única experiencia importante de dictadura del proletariado que se ha hecho hasta el momento es la del gobierno bolchevique en Rusia, y sus resultados no son muy alentadores —subraya—.

Según las palabras de su conferencia, tanto en el caso de la asociación económica, de la militar o de la política, el gobierno ruso, que se compone de intelectuales, no ha podido prescindir de los antiguos dirigentes o aparatos de mando. En las fábricas —observa— se está reintroduciendo el salario a destajo para no resentir la productividad y se está dejando a los empresarios a la cabeza de las empresas, porque son los únicos con los conocimientos técnicos necesarios. En el ejército, que no puede funcionar sin mandos de carrera, se han vuelto a pagar sus sueldos de oficial a militares del antiguo régimen. En la administración estatal se ha obligado a los funcionarios públicos a continuar en sus puestos trabajando para el gobierno.

A largo plazo, sin embargo, no se puede dirigir de esta manera el aparato estatal y la economía. Hasta ahora el experimento no resulta muy alentador. Lo asombroso es que esta organización se mantenga tanto tiempo en funcionamiento. Si lo puede lograr, es porque se trata de una dictadura militar [...] (Weber, 2003a, p. 249).

En nuestra consideración, a Weber le preocupa particularmente la revolución rusa, por las repercusiones que puedan tener los acontecimientos revolucionarios en Alemania, si bien es cierto que esta preocupación también se inscribe en el contexto de su interés teórico por las ideas marxistas y socialistas.

Se debe tener en cuenta, además, que él dicta su conferencia sobre El socialismo en junio de 1918, es decir, solo cinco meses antes de la revolución alemana de noviembre liderada por los comunistas espartaquistas.

El problema —dice allí— es que Trotsky no se contenta con hacer la revolución en Rusia, sino que por su “vanidad” intelectual, quiere también desatar la guerra civil en Alemania, sin advertir que el ejército alemán está formado por campesinos y pequeños burgueses, hostiles a los obreros y a tales revoluciones. El temor de Weber es que pueda estallar una revolución de aquellas características en su país. Lo que ello reportaría en las circunstancias presentes es, a su juicio, en lugar de una sociedad socialista, la “guerra civil”, y quizás la victoria de la Entente, una “destrucción de capital y una desorganización tremendas” y un gobierno de pequeños burgueses y de campesinos de mentalidad individualista, que son “los adversarios más radicales de todo socialismo” (Weber, 2003a).

Además, según nuestro examen, el miedo que expresa Weber respecto del socialismo es, como en otros de sus análisis sobre la burocratización, el de la asfixia del individuo, en otras palabras, el de la reducción de la libertad individual en una supuesta sociedad socialista futura.

Juan Carlos Portantiero, al referirse al examen weberiano del desencantamiento del mundo, al progreso de la razón técnica, a la escisión del individuo de los medios de producción, ya sea de bienes materiales, de conocimientos o de iniciativa política, y a la concentración de esos medios en una capa especializada que constituye una “máquina inanimada” opresora del ser humano, escribe:

De ninguna manera piensa Weber que esa alienación (en términos marxianos) pueda ser superada por la utopía socialista que, por el contrario, podría agravarla al supeditar al Estado burocrático todos los comportamientos privados. Tampoco lo lograría un socialismo antiestatal como autogobierno de los trabajadores, porque no estaría en condiciones de resolver las cuestiones técnicas que plantea la complejidad de la economía moderna (Portantiero, 1997).

Se concluye entonces que el socialismo conlleva para Weber los mismos peligros que el capitalismo. Como dice el francés Raymond Aron, el proceso de racionalización, hasta ahora asociado a la sociedad capitalista, es para Weber el destino de la humanidad, contra el cual es inútil rebelarse y al que ningún régimen escapa:

Max Weber se mostró hostil al socialismo, a pesar de la admiración que experimentaba por Marx, no sólo porque era nacionalista o porque en la lucha de clases, tan fatal como la lucha de las naciones, se alineaba del lado de la burguesía. A sus ojos, lo que amenazó más la dignidad humana era el sometimiento del individuo a las organizaciones anónimas. El sistema de una producción eficaz es al mismo tiempo un sistema de dominio del hombre sobre el hombre [...] Más aun, el socialismo sólo podría agravar estos peligros en la medida en que, para mantener y restaurar la disciplina del trabajo en un régimen burocratizado, debiera imponer un dominio más riguroso aun del hombre sobre el hombre, o de la organización sobre el individuo, y otorgar a la persona un número todavía menor de posibilidades y de libertades (Aron, 1970, pp. 325-326).

Por esta razón, Parsons (1968) primero, en su estudio de 1937, La estructura de la acción social, y Aron después, coinciden en que Weber termina por restar valor a la oposición capitalismo/socialismo.

Según nuestra interpretación, al ser la racionalización burocrática el aspecto esencial de la sociedad moderna, y al persistir independientemente de cuál sea el régimen de propiedad, la modificación de este régimen no supone para Weber una verdadera “mutación” de la sociedad moderna.

La firme “distinción” entre el modo de producción capitalista y uno comunista (basado en la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y su reemplazo por la comunidad de bienes), distinción tan constitutiva y esencial del pensamiento marxista, pierde vigor en los pliegues del discurso weberiano, en tanto este pone el acento no en las relaciones sociales de producción (relaciones de clase) sino, en última instancia, en la dimensión técnico-organizativa de la sociedad moderna. Esta es, según nuestro estudio, una diferencia teórica capital de Weber con la concepción de Marx y Engels.

Anthony Giddens, en diversos momentos de sus obras, hace referencia a la independencia que para Weber tiene lo político respecto de lo económico, postulado que explica que parta de la burocracia estatal para diseñar un paradigma de la división del trabajo en el capitalismo. Pues bien, eso se vincula con el aspecto que se está tratando del enfoque weberiano.

Para Giddens (1976), si Marx da poca importancia al problema de la burocracia, pues considera a lo político como dependiente de lo económico2, Weber en cambio generaliza desde lo político hacia lo económico y considera a la especialización burocrática de las tareas (que constituye primariamente la característica del Estado moderno) como el rasgo esencial del capitalismo.

Desde el punto de vista weberiano, el sistema socialista en el que el marxismo cifra todas sus esperanzas, no es ninguna panacea, puesto que no representa una verdadera transformación de la vida social. Esto se debe a que es imposible evitar en la sociedad de masas la “especialización” de tareas, la organización “racional” de la economía, la disciplina, y por consiguiente, las relaciones de “poder” en la industria, así como tampoco pueden suprimirse las “luchas” por el poder que son propias de toda actividad política. Por el contrario, las perspectivas de este sistema no son nada alentadoras, ya que podría acrecentar la servidumbre del individuo y expandir la burocratización para llegar, como se ha visto, no a la “dictadura del proletariado”, sino a la del “funcionariado”.

De la indagación que sostiene este trabajo se desprende que, en varias ocasiones, aunque sin implicar un estudio sistemático, Weber hizo comentarios sobre el bolchevismo. En El socialismo cuestionó la convicción de los bolcheviques de que Rusia podía saltearse sin más los estadios de desarrollo de la Europa occidental, e implantar, en su estado de sociedad burguesa que no ha alcanzado su plena madurez, un sistema socialista. Esta idea —pensaba Weber— contrariaba incluso al marxismo ortodoxo en su concepción evolucionista. La visión de Weber al respecto estaba más cerca de la de los mencheviques y los socialistas evolutivos, que creían que el capitalismo debía implantarse antes que el socialismo y otorgaban así al proletariado el rol de apéndice de la revolución burguesa.

3. Consideraciones sobre la revolución alemana de 1918

En noviembre de 1918, tras la derrota militar del Reich en la primera guerra mundial, estalló la revolución interior, que determinó la abdicación del emperador Guillermo II. Fue declarada la “República alemana”, y al mismo tiempo los socialistas independientes o espartaquistas, dirigidos por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, se lanzaron a la toma del poder intentando implantar una república popular y socialista.

En una serie de artículos publicados bajo el nombre La futura forma institucional de Alemania, Weber denunció las actividades de la extrema izquierda y, a las razones estructurales esgrimidas antes contra una organización socialista, añadió razones coyunturales.

Siendo Alemania una nación vencida militarmente y en estado de penuria económica, Weber opinaba que no sería posible eliminar en el plano económico al empresario. La reactivación y el aprovisionamiento del país requerían, para Weber, por mucho tiempo de capitales extranjeros, provenientes de los Estados Unidos. “Pero ningún gobierno claramente proletario, ni siquiera el mejor, tendría posibilidad alguna de obtener créditos del exterior [...]. Sólo un gobierno y una economía de estructura burguesa podrían obtener un crédito” (Weber, 1982a, pp. 264-265).

Además, Weber pensaba que la persistencia de la revolución provocaría la guerra civil y la intervención de las fuerzas militares extranjeras en apoyo de un contragobierno. Por ello, consideraba urgente la convocatoria a una constituyente y la aceptación de la república, así como la participación de la burguesía en el poder político.

En esto último, el planteo no difiere del de la lección inaugural de 1895, El Estado nacional y la política económica (Weber, 2003b). Si ese discurso representaba una llamada a la burguesía para que se convirtiera en la portadora de los intereses nacionales, a pesar de que muchos sectores de ella no estaban completamente “maduros” para el desafío, aquí Weber apela nuevamente a que la burguesía sea la clase política dirigente de la nación.

La insistente interpelación a esta clase, presente del primero al último de sus escritos políticos, y su rol de legitimador del capitalismo frente al socialismo, explican que muchos pensadores (Albert Salomon, Karl Löwith, Eugene Fleischmann) hayan rescatado la expresión de “Marx burgués” o de “Marx de la burguesía” para referirse a Weber. Aunque hay otros, como Giddens, que no consideran afortunada esta denominación. Al advertir que Weber, Pareto y Mosca han sido llamados en algún momento “el Marx burgués”, Giddens apunta que “esta etiqueta, sin embargo, es inadecuada en la medida en que implica que su obra representa poco más que una respuesta burguesa al marxismo. Fue esto, pero también fue mucho más” (1976, pp. 87-88).

Pero difícilmente se pueda discutir que la posición política de Weber es manifiestamente burguesa. En su crítica al socialismo marxista presente en los escritos políticos de esta última etapa esto se evidencia con suficiente nitidez. Muchos expertos, por lo demás, han puesto de manifiesto este carácter; por ejemplo, David Beetham, quien asevera que “[...] Weber debe ser considerado como una figura representativa de la burguesía y no simplemente de la nación alemana; se trata de mostrar que, en los escritos weberianos, se encuentra contenida implícitamente una teoría política burguesa coherente” (Beetham, 1979, p. 387).

En La futura forma institucional de Alemania, Weber (1982a) tilda de “parásitos” a los revolucionarios. Critica a los bolcheviques rusos, así como a sus simpatizantes alemanes, que están interesados en prolongar la situación revolucionaria porque “no quieren vivir para la revolución sino de la revolución” (p. 258), pretendiendo mantenerse del presupuesto de la revolución sin trabajar.

En términos programáticos, Weber se opone a la socialización o estatización de muchos sectores de la economía, propuestas por los socialistas. Técnicamente —estima— esto sería posible para determinado tipo de empresas: mineras y compañías de seguro. En las industrias manufactureras, en cambio, la eliminación del empresario, del hombre de negocios, con sus importantes prestaciones económico-organizativas, no tiene ningún sentido. La gestión privada constituye para Weber la “única solución conveniente”. En tiempos de paz, la consolidación del principio de la economía privada se perfila inevitable.

Con razón el Manifiesto Comunista ha puesto de relieve el carácter económicamente, aunque no políticamente, revolucionario del trabajo de los empresarios capitalistas burgueses. Ningún sindicato, y menos aún el funcionario de un socialismo de Estado, estaría en condiciones de sustituirlos en estas funciones. Es necesario emplear a los empresarios únicamente en el puesto apropiado, ofreciéndoles los inevitables premios derivados de la ganancia, sin permitir, sin embargo, que tomen la delantera y aprovechen ventajas excesivas (Weber, 1982a, p. 267).

Así, contra las propuestas socialistas de expropiación de las grandes empresas, Weber justifica para ese momento la desigualdad económica, tanto en la propiedad de los medios de producción como en la distribución de los beneficios, arguyendo el carácter indispensable de los patrones capitalistas (con sus especiales aptitudes, de las que carecen los sindicalistas y los funcionarios) y de sus recompensas. Muy alejado de la perspectiva marxista de la relación entre trabajo y capital, Weber ve en el empresario, un trabajador, solo que “con un salario incentivado a los fines organizativos”. Según nuestra lectura, no es casual que en su conceptualización de las clases sociales Weber agrupe a la burguesía y al proletariado bajo la denominación de “clases lucrativas” o productivas, solo que una más exitosa que la otra (Duek e Inda, 2006). Ante la inminencia de la revolución en Alemania, Weber sostiene que:

[...] la embriaguez de la ‘revolución’ es ahora una especie de opio para el pueblo, antes de que venga la gran miseria. [...] Ahora, lo decisivo es saber si se podrá someter a la banda de locos de Liebknecht. Están dispuestos a hacer su putsch [revolución], eso es inevitable. Pero lo importante es que sea sofocada pronto y que vaya seguida por una política más realista y no por otras bárbaramente reaccionarias (como se citó en Weber, 1995, pp. 576-577).

Weber atacó vigorosamente las rebeliones espartaquistas, los motines y la administración de los consejos de obreros y soldados en Berlín por parte de la izquierda, y se refirió a todo esto como “dictadura de la chusma”. En realidad, en este momento, abogaba sin mucho entusiasmo por la república como forma de gobierno, con un presidente elegido por el pueblo y no por el Parlamento, y por la convocatoria de una constituyente libre, que le diera a aquella una forma constitucional moderna.

Declarada la república socialista, y ante la amenaza del avance rojo, la Alemania burguesa pensó en constituir un gran partido democrático para todo el Reich. En este contexto, Weber se unió, junto a su hermano Alfred, al recién fundado Partido Demócrata Alemán (DDP), que reunía a parte de la vieja burguesía “liberal nacional” con los “progresistas”, apoyaba la democracia, y pretendía ser un eslabón, formado por los diversos estratos de la sociedad, entre los partidos socialdemócrata y burgués.

En un discurso electoral a favor de su partido, Weber habló del ineluctable fracaso del proceso revolucionario y llamó a los ideólogos de la Revolución socialista, “sepultureros del socialismo”, “literatos diletantes”, “estafadores amantes de la charlatanería”. Para reorganizar la economía —insistió— son necesarios los expertos en negocios, los empresarios, el “portafolios”. Para poner en práctica la paz y la reconstrucción de Alemania, es imprescindible un compromiso que instituya la paridad entre las clases en el poder político.

Subraya que la burguesía es necesaria como garante de cualquier gobierno. Esta es una dura realidad, que si se desconoce “[...] naufragará cualquier intento de nuevo ordenamiento o de una socialización de la economía a través de una ‘dictadura proletaria’” (1982a, p.296). Se le debe asegurar una adecuada participación en el poder político y en la responsabilidad económica directa, con la adecuada presión fiscal.

En un artículo de junio de 1917 destinado a analizar la situación de Rusia, Weber ya planteaba que una revolución con perspectiva de permanencia requiere del papel crucial de la burguesía debido a su facultad para movilizar los medios económicos indispensables que permiten establecer una gestión pública organizada. En este sentido, sostiene que la participación de la intelectualidad burguesa en el bloque opositor es el único resguardo frente a una derrota violenta de las masas. De este modo, la dirección política de la lucha contra el zarismo debe quedar bajo la tutela de los intelectuales liberales, quienes deben emplear la fuerza del proletariado contra el zarismo. Sin embargo, mientras los cuadros socialdemócratas y revolucionarios dependan de recursos ajenos, su función será puramente subalterna, sin posibilidad de influir en las resoluciones de mayor peso (1982b).

En Alemania, dado su carácter indispensable, la burguesía no tiene por qué presionar —advierte Weber. Tarde o temprano se la invitará, y si no es ahora, con la “dominación capitalista extranjera” el proletariado terminará pagando por décadas los platos rotos del “carnaval revolucionario”.

Cuando los socialdemócratas de la mayoría se aliaron con los partidos burgueses y con el ejército, oponiéndose a que continuara la revolución, los espartaquistas fueron derrotados (enero de 1919) y sus dirigentes asesinados. Se creó la República de Weimar y Weber colaboró en la preparación de la llamada Constitución de Weimar y se incluyó en ella su propuesta de elección popular del presidente.

4. Escepticismo frente al Estado revolucionario en La política como profesión

Otra conferencia de Weber pronunciada bajo el impacto de la revolución es La política como profesión, un texto relevante en el conjunto de la sociología política del autor, en tanto define con precisión los conceptos de Estado y de actividad política, clasifica los sistemas estatales, hace mención a los tipos de dominio y analiza la relación entre ética y política.

En esta conferencia, luego de ocuparse de problemas conceptuales, vuelve a poner en duda con diversos argumentos las posibilidades de éxito del Estado revolucionario vigente y su República Socialista, sugiriendo, por ejemplo, que no podrá expropiar a las empresas capitalistas, pues requieren de una dirección y administración de especialistas.

Aprovecha asimismo para expresar una vez más su desconfianza sobre la victoria del bolchevismo ruso y su sistema de los sóviets:

[...] Siguen pagando bien a los empresarios, mantienen el salario a destajo, el sistema de Taylor, la disciplina en las fábricas y en el ejército, y salen en busca del capital extranjero, o sea, en una palabra, que deben aceptar todas las cosas que habían rechazado como instituciones de clase burguesas porque el Estado y la economía han de seguir funcionando [...] (Weber, 1983, pp. 104-105).

De esta forma, Weber insiste en relativizar la diferencia entre los regímenes capitalista y socialista, entre el gobierno de la burguesía y el del proletariado. La política no puede prescindir del poder, de la violencia, con lo cual los ideólogos bolcheviques y espartaquistas en el poder utilizan los mismos métodos y alcanzan los mismos resultados que un dictador militarista: solo cambian las personas que poseen el poder.

En el terreno económico sucede algo parecido: no se puede prescindir de la disciplina; los incentivos económicos y consecuentes diferencias salariales, del capital, del empresario capacitado, etc. Se concluye, por tanto, que el advenimiento de relaciones socialistas no representa para Weber una transformación tan radical como lo han pretendido los pensadores marxistas desde sus padres fundadores en adelante.

5. Las impresiones sobre la futura sociedad socialista en Economía y sociedad

La preocupación de Weber por los rasgos de una potencial sociedad socialista futura y sus posibles mecanismos de funcionamiento no se manifiesta exclusivamente en sus escritos políticos, sino que alcanza también a los trabajos teóricos del autor, particularmente, a su obra magna, Economía y sociedad. Sus impresiones coinciden en general con las de su disertación en Viena.

La burocracia creada por el capitalismo avanza ineluctablemente, tanto en el espacio político como en el económico, y un régimen socialista —se atreve a pronosticar Weber— incluso la incrementaría. Una economía socialista “racional” implicaría una más plena expropiación de todos los trabajadores de los medios de producción. Requeriría, además, como toda economía orientada a la eficiencia técnica, la división especializada del trabajo, lo cual exige una precisa coordinación de funciones (tareas de control, dirección, imposición de la disciplina). Además, si el capitalismo da lugar a una especie de control mutuo entre la burocracia privada y la estatal, con la organización socialista de la economía surgiría una burocracia estatal única, cuyo dominio sería mucho más fuerte. En el ámbito político, se acrecentaría la burocratización, pues se ampliaría el radio de injerencia del Estado y, por ende, el volumen de sus tareas administrativas.

La administración burocrática —razona Weber—es hoy inseparable de las necesidades de la administración de masas, dado el crecimiento de la población en las sociedades modernas y la superioridad técnica de ese sistema.

Si no se quiere el dilettantismo de la administración, solo queda el camino de la “burocratización”, cuyo gran instrumento es el “saber profesional especializado”. Su carácter imprescindible:

[...] está condicionado por los caracteres de la técnica y economía modernas de la producción de bienes, siendo completamente indiferente que tal producción sea en la forma capitalista o en la socialista. (Esta última, de querer alcanzar iguales resultados técnicos, daría lugar a un extraordinario incremento de la burocracia profesional). [...] La burocracia continúa funcionando para la revolución triunfante o el enemigo en ocupación, lo mismo que lo hacía con el gobierno hasta el momento legal. La cuestión es siempre ésta: ¿quién domina el aparato burocrático existente? Y siempre esa dominación tiene ciertas limitaciones para el no profesional: el consejero profesional impone las más de las veces a la larga su voluntad al ministro no profesional. La necesidad de una administración más permanente, rigurosa, intensiva y calculable, tal como la creó –no solamente él, pero ciertamente y de modo innegable, él ante todo– el capitalismo (sin la que no puede subsistir y que todo socialismo racional tendrá que aceptar e incrementar), determina el carácter fatal de la burocracia como médula de toda administración de masas (Weber, 1999, pp. 178-179).

El ejercicio del dominio, las jerarquías, la disciplina, son, desde la óptica de Weber, condiciones necesarias del funcionamiento de las instancias públicas y privadas de las sociedades de masas. Ni el socialismo puede prescindir de ellas, a pesar de sus aspiraciones.

Asimismo, los Estados modernos, piensa, no pueden ser dirigidos “colegiadamente” de un modo efectivo, ni en lo que hace a las decisiones de política exterior ni en lo concerniente a la política interna. La “dictadura del proletariado” en Rusia —ejemplifica— mostró que para la socialización se requería un “dictador” mantenido por la confianza de las masas.

En otra sección del libro dice que, en una economía socialistamente organizada, para evitar que salgan a flote conflictos de intereses y procesos de apropiación de toda clase (inevitables, puesto que detrás de toda acción están siempre los intereses propios del individuo) es necesario que las personas sean administradas “dictatorialmente”, es decir, autocráticamente, y sin ser para nada consultados (Weber, 1999, p. 166).

En sus páginas sobre el imperialismo, sugiere que la tendencia “imperialista” del capitalismo no se vería frenada en comunidades políticas fuertes basadas en una economía colectiva, en un “socialismo de Estado”. No hay razones para pensar que estas comunidades no emplearían la fuerza para realizar en mejores condiciones el intercambio de mercancías con agrupaciones más débiles.

La convicción de Weber, en síntesis, es que es imposible que la sociedad socialista respete todas las libertades entrañadas en el ideario de los revolucionarios. El uso de la fuerza y la represión política son medios indefectibles para la realización y conservación de una sociedad de este tipo. La segura conformación de un Estado burocrático, por último, infringirá los objetivos que la hicieron nacer.

En fin, en el marco de la perspectiva teórica que orienta este examen, se sostiene que todos estos comentarios sobre las consecuencias previsibles de la organización socialista, como los de la conferencia de 1918 en Viena sobre el tema, tienden a desmentir la idea de una transformación “radical” de las sociedades con el paso del capitalismo al socialismo, al restarle peso a la oposición entre ambos sistemas. Y apuntan, en definitiva, a denunciar como utópica la ilusión de El Manifiesto del fin de la dominación del hombre sobre el hombre.

Ahora bien, esta aproximación de la producción capitalista y la socialista solo es posible a condición de priorizar en el análisis, como lo hace Weber, la organización técnica de la producción en lugar de las relaciones de clase. En otras palabras, a condición de figurarse que en la sociedad moderna la producción de bienes se define por rasgos (los del modelo “industrial”) que son independientes de la “forma” capitalista o socialista que asuma.

En cambio, para la conceptualización marxista con la que Weber suele confrontar, las relaciones de producción no son algo que viene a agregarse a las fuerzas productivas o al proceso de trabajo como simple “forma”. La distinción es solo “analítica”, pero en realidad, las fuerzas productivas constituyen a la vez la base material y la forma de existencia histórica de las relaciones de producción. En este sentido, es un error economicista y tecnocrático pretender que existe una verdadera separación entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Y en todo caso, “abstraídos” ambos elementos, son las relaciones de producción (relaciones de clases) las que dominan el proceso de producción en su conjunto (al menos en la perspectiva de El capital) y no a la inversa.

La cooperación, la división del trabajo agudizada entre los individuos, la utilización de máquinas que subordinan a la actividad humana, la aplicación de las ciencias a la producción, el desarrollo de la tecnología, por ejemplo, son —para el marxismo— los métodos utilizados por el capital para elevar la productividad del trabajo (plusvalía relativa) y designan entonces al modo de organización específico del capitalismo. Como explica Étienne Balibar, el análisis marxista de la plusvalía relativa ilustra:

[...] de qué modo determina el capitalismo una revolución industrial ininterrumpida (mientras que la ideología burguesa sigue representando hoy al capitalismo como una variante de la ‘sociedad industrial’, concibiendo a la revolución industrial como una evolución natural cuyo contenido no dependería para nada de las relaciones de producción —esto es, de explotación— capitalistas). Pone de manifiesto que el desarrollo de las fuerzas productivas es la realización material de las relaciones de producción capitalistas (Balibar, 1984, pp. 56-57).

Desde nuestra perspectiva, la diferencia entre la concepción marxista de los modos de producción y el enfoque de Weber es significativa: en un caso es “decisiva” la contradicción de clases, mientras que en el otro lo es la organización burocrática. En el examen que hace Giddens de la interpretación weberiana del capitalismo, y su divergencia con el “modelo abstracto” descrito por Marx, esto queda de manifiesto. Refiriéndose al análisis de Weber, escribe:

Las relaciones de clase entre el capital y el trabajo, aunque constituyen un componente esencial de la formación del capitalismo moderno, no revelan las características más fundamentales que distinguen a la sociedad burguesa del orden tradicional. Para Weber, la tendencia al aumento de la burocratización expresa el carácter integral de la época moderna: la racionalización de la conducta humana crea una división del trabajo sistematizada y jerárquica que no depende directamente de la estructura de clases capitalista. Así, mientras su análisis no se aparta del de Marx al reconocer, no tanto, una doble división entre feudalismo y ‘sociedad industrial’, como una triple clasificación de feudalismo-capitalismo-socialismo, la consecuencia de su posición es excluir definitivamente la posibilidad de cualquier reorganización radical del capitalismo. En otras palabras, la sustitución del capitalismo por el socialismo, que Weber reconoce ciertamente como algo que puede ocurrir en un futuro probable, extiende y completa las tendencias ya características del capitalismo en vez de originar una forma totalmente nueva de organización social (Giddens, 1996, pp. 50-51. El subrayado es nuestro).

6. A modo de cierre

Si Marx adopta la posición de las clases trabajadoras, en sus escritos políticos Weber se declara adversario político de esta clase:

Y porque para una gran nación no hay nada más nefasto que el ser gobernados por hombres mezquinos políticamente incultos y porque el proletariado alemán no ha perdido aún este carácter, por eso somos adversarios políticos suyos (Weber, 2003b, pp. 39-40).

Esta diferencia en la posición política de Marx y Weber es, desde nuestra perspectiva, el elemento decisivo desde el cual pueden y deben entenderse las discrepancias teóricas, ya sean filosóficas, sociológicas, económicas o históricas, y, evidentemente, sus diferentes actitudes frente al ideario socialista.

La crítica al socialismo marxista, el guiño al revisionismo y la disposición política “colaboracionista” típicas de la sociología alemana de la época se expresan de manera paradigmática, como se ha podido ver, en el pensamiento de Weber.

Pero además del embate contra las banderas y expectativas del socialismo en general, no faltan, como se detectó en este artículo, las referencias de Weber a esa fuerza política concreta que en la Alemania de fines del siglo XIX y primeras décadas del XX se convirtió en el partido con más apoyo popular: la socialdemocracia alemana.

Como partido de masas, el partido socialdemócrata alemán le despierta curiosidad a Weber, pero dada la contradicción de sus máximas con sus intereses burgueses, no deja de hacerle duras críticas. El discurso revolucionario, la dogmática confianza en el triunfo del socialismo, el aislamiento político obstaculizador de la conformación de una gran alianza antifeudal y reformista con los liberales progresistas, son la médula de la arremetida de Weber contra el partido de inspiración marxista.

Aunque muchas lecturas resten importancia a sus valoraciones políticas3, lejos de ser una figura apolítica o un sociólogo libre de valores, Weber tiene un gran interés por la política y posicionamientos claros, que no dejan de permear su manera de entender la sociedad moderna, sus formas de organización alternativas y el cambio social.

Ampliando esta perspectiva, se puede agregar que un análisis riguroso de las dimensiones que estructuran la lectura weberiana de Marx y Engels —o, en ocasiones, de versiones vulgares de su doctrina— permite concluir que Weber no busca una asimilación o integración. Por el contrario, se rechaza la idea de una síntesis, ya que el autor rebate sistemáticamente las tesis esenciales del materialismo histórico para proponer una problemática teórica cualitativamente distinta4.

En el núcleo de su crítica al socialismo, Weber sostiene, como se observó, que este sistema será incapaz de eliminar las desigualdades y la dominación, pues, como toda organización de masas, está destinado a una burocratización desapasionada y estricta. Ahora bien, aunque se muestra reticente a las filosofías de la historia universal y cuestiona fuertemente la validez de las leyes generales, paradójicamente su obra se encuentra regida por la idea del progreso de la racionalización en todas las esferas de la vida colectiva como fuerza motriz de la historia occidental. Bajo esta premisa, el socialismo no puede representar una ruptura drástica, sino apenas una variante más de una misma tendencia histórica.

De ese modo, Weber termina por eternizar las relaciones capitalistas al despojarlas de la especificidad que las caracterizan. Incurre así en el mismo error que Marx (1984) señalara en los economistas ingleses: naturalizar la producción capitalista para reproducir, en favor de la ideología dominante, “la eternidad y la armonía de las condiciones sociales existentes” (Duek, 2008).

Esa subestimación de las diferencias entre ambos sistemas es teóricamente viable en tanto Weber, como se señaló anteriormente, escinde las condiciones de producción y su organización técnica de las relaciones de clase y el antagonismo que entrañan, priorizando las primeras como variable de análisis. Mientras que en la teoría marxista las relaciones de producción (de propiedad y posesión intelectual) determinan a las fuerzas productivas y trazan su rumbo y grado de desarrollo, en el esquema weberiano —como se mostró— la organización de la gran industria es autónoma de la alternativa entre capitalismo o socialismo. Si para Marx el núcleo del todo social reside en las relaciones de producción como “la base oculta de toda la construcción social” (1982, p. 733), para Weber, en cambio, el atributo que define la modernidad no es el conflicto entre las clases, sino el avance irresistible del proceso de racionalización específico de Occidente, que se reconoce especialmente por sus cualidades formales (Duek, 2008).

Toda política que intente captar el apoyo político de las clases populares, que se tome “con” preocupación de las consecuencias, en vista de consideraciones “materiales” significa para Weber un “desvío” de la ruta de la racionalización formal. Las luchas entre las clases, además, no son para él inevitables ni constituyen el meollo de la historia de las sociedades. Son contingentes, siendo perfectamente posible una alianza duradera de los obreros con los capitalistas en torno a intereses comunes. Asimismo, existen fenómenos, como el nacionalismo, la pertenencia a una misma profesión, la educación moral o las arengas políticas de los grandes líderes, capaces de contrarrestar y opacar las divisiones de la sociedad en clases (Inda, 2009).

Para terminar, se destaca que las cavilaciones de Weber sobre el socialismo están atravesadas por una divergencia cardinal relativa al poder estatal. Es preciso advertir que su definición del Estado descarta la naturaleza de clase de sus aparatos, elemento que constituye el núcleo del planteamiento marxista. Para Weber, el poder es atribuible a los individuos y no la capacidad de una clase o alianza de clases para realizar sus intereses. Aunque los gobernantes puedan representar ciertas aspiraciones de clase, este vínculo es contingente, nunca necesario y, en ocasiones, arriesgado. De este modo, frente a la concepción del marxismo clásico —que pone en primer plano la violencia del aparato represivo en la reproducción de la dominación de clase—, Weber sostiene que el monopolio estatal de la violencia se sustenta en la legitimidad derivada de una obediencia consentida, basada en motivos internos o subjetivos. Así, el Estado no se presenta en Weber como aparato de clase, sino como representante de la sociedad en su conjunto, al menos mientras dure el consenso de sus miembros (Inda, 2009).

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  1. 1 Cabe aclarar que en la producción teórica de Marx y Engels no abundan los planteamientos sobre las características de una futura sociedad socialista; es decir, no prefiguran detalladamente cada elemento de este tipo de organización. Si bien, los clásicos del marxismo suelen utilizar los términos “socialismo” y “comunismo” de forma indiferenciada, en la Crítica del programa de Gotha (Marx, 1975) aparecen ideas clave a partir de las cuales el marxismo (Lenin, por ejemplo) precisará conceptualmente ambos términos, al entender el socialismo como la primera fase o fase inferior de la sociedad comunista.

  2. 2 Si bien se coincide con Giddens en la idea general, puesta en blanco sobre negro con fines pedagógicos y comparativos, se advierte que la afirmación de que Marx considera a lo político como dependiente de lo económico puede conducir a una lectura economicista de la teoría marxista, que siempre tratamos de evitar y combatir. Son pertinentes al respecto las aclaraciones de Engels acerca de que para la concepción materialista de la historia el factor económico es el determinante en última instancia, pero de ninguna manera el único determinante (Engels, 1957b).

  3. 3 La interpretación de Parsons (1968), principal divulgador de la sociología weberiana en Estados Unidos, constituye un caso ejemplar de subestimación de la naturaleza política de dicha sociología al enfatizar su carácter aséptico y estrictamente descriptivo. Lo mismo puede decirse, en términos generales, de la tradición estructural-funcionalista que se desarrolla a partir de sus obras fundadoras. Asimismo, una gran parte de la tradición positivista y empirista en las ciencias sociales adopta el principio de “neutralidad valorativa”, utilizando a Weber como una autoridad para defender una ciencia social limitada a referir hechos o fenómenos. Más recientemente, algunos neoweberianos como Runciman (2014) y Bruun (2016) defienden la vigencia de la neutralidad axiológica weberiana como una herramienta necesaria para la objetividad y la claridad conceptual, enfrentándose a quienes exigen una ciencia social comprometida.

  4. 4 Para un análisis detallado de cada una de estas dimensiones y las confrontaciones que las habitan, véase Duek (2008).